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Libro Reflexiones en la Vejez 2006

Viaje al interior de uno mismo

Indiscutiblemente viajar está de moda y constantemente carreteras y aeropuertos adquieren un protagonismo importante. ¡Si quieres ser “alguien” y estar “al día” no tienes más remedio que “moverte”, con ganas o sin ellas, e ir de vacaciones o de “veraneo”, cuanto mas lejos mejor! Con todos mis respetos al “pueblo soberano”, yo confieso sin rubor ser un “don nadie”. Me quedo en casa “la mar de contento”, compartiendo la ilusión inicial de los que “salen” y dispuesto a soportar los “relatos fantásticos” de los que vuelven. Bonita “cubierta” bajo la que ocultar mucha fatiga y no pocas decepciones.

¿Quiere esto decir que yo no viajo? La cosa no está tan clara. No lo hago “físicamente”, es decir, de una forma visible y “tangible”; pero… ¿por qué va a ser esta la única forma de viajar de las personas? ¿Viajar es sólo “mover el esqueleto”? ¿Y que pasa con la mente? ¿Hay que condenarla al “letargo” durante las vacaciones? Quizás, con tanta pregunta no hago más que “complicarme la vida”. ¡Qué le vamos a hacer! La realidad es que los viajes “hacia afuera”, buscando la novedad o el bullicio, no me “descansan”. Necesito pensar en otras alternativas. En ese sentido, el complicado intento de “viajar al interior de uno mismo” se me presenta como una aventura apasionante. En el mundo real, cuando paseamos por una verde campiña o nos asomamos al mar, difícilmente nos paramos a pensar que en el centro de la Tierra pueda haber un “infierno incandescente”. Algo parecido debe de pasarnos a las personas. Suele producirnos tal pánico el “volcán interno de pasiones” que nuestra primera reacción es el intentar huir de nosotros mismos. Y sin embargo, los auténticos valores de la persona están en su interior, bien pegaditos a sus debilidades y miserias.

Particularmente me da pena ver a tanta gente mayor, “de la ceca a la Meca”, dándose unas palizas de muerte para “no llegar a ninguna parte”. Me cuesta percibir en ellos el disfrute de una felicidad serena en sintonía con la realidad de un cuerpo “decadente”, soporte de un alma llena de sentimientos discretamente ocultos. Necesito creer que, en cada anciano, hay un “manantial de vida interior”. Puede estar mas o menos oculto por su deslizamiento hacia una segunda infancia; pero debe de ser tremendamente real y antesala de una inmortalidad que nos sumerge a todos en la “aventura suprema”.

Estoy de acuerdo en el “primum vivere, deinde philosophare”; pero me preocupa la obsesión “excluyente” por la mejora de las pensiones y la organización de viajes “anti-aburrimiento”. Esto es “existencialismo y materialismo en estado puro” y no sé hasta que punto puede considerarse la mejor receta,…” a la puerta del cementerio”!! Si la mayor felicidad de un viejo es el “sentirse útil”, lo mejor que podemos hacer “por su bien” es habilitar vías de comunicación con los más jóvenes, para que por ellas circule el gran caudal de experiencias que acumulan en su interior. Cada vida humana es un misterio único e irrepetible. En ella la simbiosis entre penas y alegrías nos sitúa en la encrucijada del…”a vivir que son dos días” o del “viaje hacia el interior de nosotros mismos”, en busca de alguna explicación que sosiegue a nuestra razón. ¡Cualquier mayor puede sernos de gran ayuda!