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Libro Reflexiones en la Vejez 2006

Inmortalidad en el cementerio

Hay dos fechas en nuestro calendario que, inevitablemente, me sumergen en la oscura luminosidad de la muerte. Una de ellas es el Viernes Santo y la otra ese “día de ánimas”, ya tan cercano, que sigue a la festividad de “Todos los Santos”. Hay quienes, desde un existencialismo que se pretende a sí mismo “progre”, al oír la palabra muerte se dan media vuelta. ¡Mientras no llega ni mentar «la bicha”!. ¡Cuando llega…”lo bailao, bailao y que le den dos duros»!. A mi no me va esta postura. Me cautiva más la idea siguiente: si han de ser estos «mis mejores años», una buena estrategia me debe de llevar a intentar entablar unas magníficas relaciones con tan «ilustre y poderosa señora». Mientras no me expliquen como librarme de su «mortal» abrazo, nada de miedos y un buen marcaje para ver lo que puede dar de si.

Pues bien, uno de estos días he tenido ocasión de visitar un florido cementerio de nuestra querida Navarra marítima y húmeda, en compañía de una “joven” con más de nueve décadas sobre sus espaldas. Mientras ella recitaba su “Padre nuestro” de carrerilla ante la tumba de un familiar, mi cabeza echaba humo. Trataba de liberar los “chisporroteos” producidos por el choque entre razón y fe, ante el doble misterio de la muerte y el deseo de inmortalidad. Los físicos dicen que la materia y la energía no desaparecen, simplemente se transforman. En ese sentido, podríamos aceptar una especie de inmortalidad del cuerpo. Me parece estupendo pasar a formar parte de un árbol, un gusano o lo que sea; pero mi pregunta es… ¿y que queda de mi identidad personal, de mi alma?. ¡Oiga, que yo soy “ fulano de tal” y no tengo el menor deseo de dejar de serlo!. Haga Vd. el favor de resolverme el problema.

Otro de los aspectos de la cuestión es la reflexión comparativa sobre las diversas muertes. Por ejemplo, la de los cinco montañeros vascos que eligieron para sí el blanco cementerio del Himalaya y la de un viejecito que ha agotado su existencia en una residencia de ancianos. ¡Culminar tu recorrido vital o quedarte a mitad de camino!. ¿Puede uno encogerse de hombros, impotente, ante tan brutal diferencia?. ¿No sería más llevadero enfrentarse a ella desde una perspectiva de inmortalidad – eternidad?. Dentro del “túnel del tiempo” 25 o 100 años es prácticamente lo mismo. Imaginando a un Dios que visualiza nuestra trayectoria vital, fuera de la variable humana T ( tiempo), se me hacen mucho más soportables las diferencias. Alivia pensar en Alguien capaz conocernos de principio a fin, por encima de las posibles variables que pueda introducir nuestro libre caminar por la vida. Así al menos, el abismo entre los aparentemente afortunados y los aparentemente desgraciados de la Tierra adquiere otra dimensión. Si mi idea de justicia clama y reclama la inmortalidad de nuestra identidad personal, para no volverme “txiribita” necesito creer en un Dios infinitamente justo, garante de la inmortalidad de mi alma. ¡Los muertos de mi cementerio sigue vivos,….. y no solo en mi imaginación o en mi recuerdo!. ¡Y los del tuyo también!.