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Libro Reflexiones en la Vejez 2006

Hacia una vejez más mística

Me considero un furibundo defensor del “aprovechamiento integral” de la experiencia y la capacidad de servicio de las personas mayores. Son ya legión las que se mantienen en buena forma física y mental incluso con ocho décadas a la espalda. ¡Envidio su suerte!. Demasiada gente no tiene la posibilidad de un enfrentamiento racional con el “asedio” al que nos va sometiendo la aproximación inexorable y pausada de la muerte. Lo que no me parece tan sensato es que algunos “viejos” traten de prolongar voluntariosamente una actividad “ejecutiva tangible”, propia de gente más joven. A mi modo de ver, el horizonte de la vejez está mas bien en el mundo de lo “intangible”, es decir, en la contemplación “psicoanalítica” y mística del tránsito hacia un “más allá”, siempre enigmático, al que nos acercamos de espaldas.

La peor “denuncia” que se le puede hacer a una persona mayor es el acusarle de no tener “vida interior”. Personalmente no podría soportarlo en esta etapa de mi vida. Cuando ves a tu cuerpo “tangible” convertido en un “amasijo” de arrugas, sazonadas con toda clase de achaques, se hace imprescindible contar con algún as en la manga . El tesoro de los adultos está en su interior, precisamente, allí donde se acumulan todos los valores más profundamente humanos y a los que solo se puede tener acceso de la mano de la experiencia. Nada enriquece tanto a su entorno como el anciano capaz de “vaciarse” interiormente sin falsos pudores. Ellos son quienes ponen a nuestro alcance toda una “filosofía de la vida” interiorizada a base de sangre, sudor y lágrimas. Si siempre hemos necesitado de esta “mística de consejo de ancianos”, quizá tras el 11-S, el día D en que el “orgullo de Occidente” fue derribado de su poderoso corcel, la vayamos a necesitar más que nunca. Alguien tiene que explicarnos, con una credibilidad libre de todo fanatismo, si la muerte de personas concretas es algo más que un desorden y una injusticia.

Volviendo a mi “crítica constructiva” en relación con la excesiva prolongación de la vida “activa-ejecutiva” de ancianos importante. No acabo de entender por qué Juan Pablo II, en Roma tuvo que seguir “arrastrando” sus decrépito cuerpo “en la primera línea del frente”, durante tanto tiempo. ¿Por qué no se dedicó, desde la retaguardia, a hacernos llegar la cantidad de valores acumulados en su interior?. ¿O debo pensar que su “sensación de actividad” externa era una prueba irrefutable de su “vacío interior”?. Los jóvenes pueden permitirse el lujo de “desnudar” sus esculturales y bien alimentados cuerpos. Los viejos debemos de “desnudar” nuestra alma, poniendo nuestra siempre rica experiencia al servicio de los demás. ¡Otra cosa es que alguien quiera prestarnos un poquito de atención!.