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Libro Reflexiones en la Vejez 2006

La desconfianza en el anciano

El protocolo de Kioto y la contaminación ambiental del planeta Tierra son temas de la más vigente actualidad. Así y todo, al menos en este nuestro primer mundo opulento, uno de los fenómenos sociales más característicos es el envejecimiento de la población. Yo, sin ir más lejos, lo estoy viendo “en casa”. El reparto de edades entre las 21 personas, de tres generaciones, que componen mi entorno más próximo actual, sería el siguiente: 20% media 84 años; 50% media 52 años; 30% media 20 años. Es decir que, sumando “fósiles de museo”, (en el sentido más cariñoso de la expresión), y aspirantes más o menos próximos a serlo, llegamos a un 70%, contra ese raquítico 30% de savia joven. Es una situación “preocupante”, aunque interesante al mismo tiempo. Nos permite ir analizando la evolución de la persona en el doble aspecto de sus comportamientos concretos y la selección de sus prioridades.

Advierte sabiamente el refrán …”cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”. Creo que con seis décadas a cuestas, es hora ya de irle haciendo un poquito de caso. Es bastante normal tropezarse con ancianos, de un cierto nivel económico y con una salud relativamente buena, que nunca aprendieron a envejecer. Ahora, limitados físicamente, se atormentan recreándose excesivamente en un pasado que pretenden revivir en su descendencia, a todas horas. También es normal verles sucumbir a un miedo y una desconfianza patológicos ante todo lo que sucede y ante todos los que le rodean. Lo terrible es que este tipo de “gente mayor” sufre enormemente y no se “hace querer”. Son un “prójimo” realmente difícil de atender “en familia”. Por lo general exigen a su entorno una “heroicidad intangible” con muy poca prensa, pero muchísimo mérito.

No quisiera ser un anciano de estos. ¿Qué hacer?. Nada especial. Desde el inicio de mi caminar por el último tercio de mi ciclo “biológico”, intento acertar en el “diagnóstico” de como aprender a envejecer para “garantizarme” una ancianidad feliz. Equivocado o no, mientras alguien no me convenza de lo contrario intento avanzar por el doble camino de:

1. Aceptar nuestra edad y combatir la excesiva nostalgia del pasado, mirando con ilusión hacia las posibilidades que ofrece el futuro. Somos personas con una doble evolución: La biológica y la psíquica. Con los años, físicamente podemos hacer menos cosas; pero nuestra mente, enriquecida por la experiencia, tiene muchas cosas más en que pensar. Los viejos seguimos teniendo vida propia en un horizonte espiritual, sin necesidad de “reencarnarnos” en nuestra descendencia.

2. Confiar en la familia, en los amigos, en los vecinos, en los compatriotas, en la humanidad entera, mas que en la propia “cuenta corriente”. Dice la canción que…”si no tienes un duro, no te hace caso nadie”. Sin embargo, no podría soportar el tener que andar usando el dinero “de zanahoria”, para que alguien me “mire a la cara”. ¡No hay “riqueza” comparable a la experiencia de la amistad en la pobreza!.

Permitirme insistir como despedida en este par de palabras clave: Aceptar y confiar.