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Libro Reflexiones en la Vejez 2006

Tras la felicidad en la vejez

Cada Navidad sigue siendo un «renacer de la esperanza», en el empeño de encontrar sentido a una vida, terriblemente dura incluso para los privilegiados. Al nacer se nos regala un «yo» apasionante y luego nos lo arrebatan, con una desesperante lentitud las más de las veces. (Mis condolencias y máximo respeto a los familiares de quienes nos han dejado más bruscamente, por cualquier tipo de accidente, etc.). A quienes vamos llegando a viejos se nos hace pasar por el penoso declive de nuestra facultades físicas y psíquicas. Yo no me resisto a rebelarme y gritar un…..¡Jubilado levántate!. ¡Todavía puedes dar mucha «guerra» de la que crees! . Debemos de aceptar nuestra vejez como algo distinto a una antesala paralizante y sin objetivos, previa al tránsito misterioso hacia un «más allá» que nunca acabamos de entender.

¿Pero cual puede ser la esperanza de quienes transitamos, como principiantes o como expertos, por la tercera edad?. ¿Tenemos alguna posibilidad de ser felices contemplando como se arruina nuestro “yo” tangible, irremisiblemente?. ¿Puede liberarnos de la tristeza nuestro “honorable derecho adquirido” a ser servidos, por todo lo que hemos trabajado antes?. ¡No sé que decir!. Por una parte vamos volviéndonos como niños. Egoístas, con gran necesidad de acaparar cariño, mimos, consideraciones hacia nuestro trabajo «en el pasado», atenciones a nuestro «incombustible» afán de protagonismo, etc.. Por otra «somos lo que somos», es decir, unos viejos escépticos, llenos de nosotros mismos, cerrados en nuestro mundo y en nuestras ideas, escasamente receptivos a lo que nos llega de fuera, sea de otras personas sea del mismo Dios. Tenemos una gran experiencia de la vida, pero una nula preparación para el tránsito hacia la muerte, porque nadie nos ha enseñado a envejecer. ¿O no hemos querido aprender?. En esta vuelta a la segunda infancia, camino de algo desconocido para nuestra experiencia, lo pasamos bastante mal. Vemos como se nos escapa la felicidad terrena, sin terminar de asir esa otra felicidad divina capaz de perpetuar nuestro irrenunciable «ego» por toda la eternidad. ¿Es esto así realmente?. ¿Cómo sobreviven, entonces, sociedades con un 20% o mas de pensionistas, sin dejarse arrastrar hacia la depresión psíquica y el declive económico?. ¿No será que los minusvalorados mayores realizan, «en la sombra», una serie de tareas para las que resultan imprescindibles? ¿No es esto una evidencia palpable de lo efectiva que puede llega a ser la «fuerza de la debilidad»?. ¡Creo que sí!. Afortunadamente, en la familia y en la sociedad civil sigue habiendo mucho viejo servicial!.

Pues bien, si en casa y en el pueblo los mayores, sean o no pensionistas y jubilados, juegan un papel importante, ¿por qué en una Iglesia en la que el clero “profesional” transita en la tercera edad, su papel es tan secundario?. ¿Nos cierran la puerta los curas o nos apartamos nosotros por puro escepticismo?. ¿Nos sentimos engañados por el formalismo y la hipocresía dominantes a nivel parroquial?.¿Es que la felicidad y la perpetuación eterna de la propia identidad, están en otra parte?. ¿De qué religión es el Dios que nos invita a proyectarnos hacia nuestros hermanos con la fuerza solidaria de una debilidad aparente, solo al alcance de quienes hemos sido derribados de nuestro pedestal humano?. ¿Es que los viejos solo podemos entender, y a duras penas, de solidaridad familiar o de barrio?. ¿De que no seríamos capaces los jubilados, si llegáramos a creer que nuestra felicidad depende del grado de intensificación de nuestro servicio solidario a cuantos nos necesitan en el entorno próximo?. Seguiríamos diciendo que la “mies es mucha”, (nos asedian efectivamente ancianos, enfermos, parados, niños, inmigrantes, presos, etc.); pero no podríamos decir que “los operarios somos pocos”!.

Probablemente el Jesús de Nazaret contemporáneo está repitiendo..¡dejad que los jubilados se acerquen a mi!. El es quien nos sugiere una vida eterna presente sin necesidad de esperar a ninguna vida futura. ¿Y quien no nos deja acercarnos?. ¿El dinero quizá?. ¿La egolatría que nos mantiene «erguidos en nuestro caballo» y nos impide vaciarnos de orgullo autosuficiente, refractario al calor del amor auténtico?. ¿Nunca llegaremos a entender que para alcanzar una verdadera felicidad, también en la vejez, estamos necesitando a quienes nos necesitan bastante más que ellos a nosotros?.

No sé si estoy equivocado o no; pero mi conclusión sería la siguiente: para ser un viejo feliz , hay que mantener alguna actividad al servicio de los demás, en la medida de las posibilidades de cada uno. Evitemos los voluntarismos que únicamente conducen al ridículo En este sentido, y no quisiera mostrarme irrespetuoso en mi comentario de despedida, verle a Juan Pablo II, (un hombre de carne y hueso al fin y al cabo), dando la bendición “Urbi et orbe”, me dejó psíquicamente agotado. ¡Fue una pasada verle convertido en un objeto de culto, como si estuviéramos ante la “exposición del Santísimo”!. Creo que se le está exigiendo una actividad por encima de sus posibilidades, sin el debido respeto a la dignidad propia de la condición humana. Es hora de que se le deje disfrutar de un refugio en una vida más contemplativa, más acorde con las exigencias de la edad.