Sé que estamos en verano. Sé que somos muchos los necesitados de un buen descanso que, siquiera por unos días, nos arranque de la “agonía” del “estrés” diario. Sé que ocurren cosas a las que nunca encontraré una explicación racional. ¿Pero cómo mirar a otro lado cuando la muerte se lleva a un par de personas cercanas, a traición, sin dejarles cumplir ni siquiera los 60?. Y por si no fueran suficientes dos funerales de amigos, en una misma semana, la televisión y la radio nos sirven, “en bandeja”, un “incomprensible” accidente de aviación que ha segado la vida de 51 niños y niñas de origen ruso. ¡Demasiado para que mi cabeza no se ponga a “dar vueltas”!.
Una muerte tras una larga enfermedad parece que la asumes algo más fácilmente. Una muerte repentina y totalmente inesperada de un viejo amigo te deja buscando “la cuadratura del círculo”. Imposible de entender en la “oscuridad” de momentos tan críticos la misericordia divina. .Cuando asistes a un funeral de una persona relativamente joven, entre tanta y tanta gente incapaz de ocultar su perplejidad, llegas a sentir el estremecimiento de todo un pueblo ante la terrible incógnita de la muerte. Avanzan mucho las “nuevas tecnologías” y estamos incluso penetrando en los secretos del “genoma humano”; pero seguimos sin saber “dónde está el alma” y no somos capaces de descifrar, con nuestra siempre limitada capacidad de raciocinio, el enigma del inexorable del “tránsito” hacia un más allá totalmente desconocido. Conocemos el “antes”; pero el “después” es algo que nos desconcierta una y otra vez, incitándonos a un “no pensar” que personalmente me subleva.
Nadie puede negar que el conocimiento y la ciencia avanzan a gran velocidad. De todos modos aún no han sido capaces de encontrar ni el “origen de la vida”, ni el “punto de arranque de esa consciencia humana” que nos hace íntimamente libres. Dicho esto, hemos de reconocer que la combinación y suma de investigaciones en distintas ramas del saber, tales como la química, la biología, la psiquiatría o el psicoanálisis, permite alcanzar resultados espectaculares, impensables hace no tanto tiempo. Ahora disponemos de fármacos que, al actuar sobre determinadas partes de nuestro cerebro, nos ayudan a superar, por ejemplo, estados de ánimo obsesivos que a menudo nos sumen en la depresión y la tristeza. Hemos llegado a un punto en el que la ciencia cura o alivia algunas de las “enfermedades del alma”. ¿Encontrará algún día el misterioso emplazamiento de la psique o alma, en nuestro cuerpo humano?.
Es un hecho evidente que, sin comparamos una persona con otra, sus cuerpos tangibles son parecidísimos y los tratamientos para curar sus males muy similares. ¡La pierna rota de un “tanzano” se cura igual que la de un “finlandés”!. Por el contrario, las mentes y los sentimientos intangibles de esas mismas personas pueden llegar a ser tan distintos que, a veces, nos hacen hasta dudar de la pertenencia a un misma “humanidad”. Esto me hace pensar, (con perdón de la ciencia), que el alma tiene un componente espiritual, único y exclusivo en cada uno de nosotros, difícil de encontrar “entre las neuronas”
¡Y vuelvo a la sacudida de la muerte!. No puedo soportar el sentirme desnudo y a la intemperie, cubierto únicamente con el “gorrito” de la razón, ahora que pasito a pasito me voy acercando a ella. Necesito un ropaje más consistente para enfrentarme al gélido corte del filo de su guadaña. ¿Que dónde se encuentra ese calorcito protector?. Siento profundamente no saberlo a ciencia cierta, sobre todo cuando me encuentro frente a un ataúd y un pueblo majestuoso interpelado en lo más profundo de su sabiduría ancestral. Fui uno de los muchos amigos y familiares que abarrotamos el templo y sus alrededores, “resistiéndonos” a separarnos físicamente de un amigo al que, 25 años después, sigo recordando como a un hombre tremendamente servicial y de una gran sencillez. Por supuesto que no creo en las “alucinaciones”, pero he de decir que, en aquella aparentemente triste despedida, sentí su espíritu “mas vivo y libre que nunca”. ¡Servidor de todos, último de todos!, el amor a sus semejantes ha hecho de él un “dios inmortal” que seguirá presente entre nosotros en tanto en cuanto, como depositarios de su amor, seamos capaces de seguir trasmitiéndolo a nuestro entorno próximo. El que renace en el amor no tiene ni vida presente ni vida futura, solo tiene una vida eterna!!.
No conseguiría entender a un mundo en el que “prolifera” tanta desgracia, sin manejar la jerarquía de valores que se desprende de la fe cristiana original. Oculta en las nuevas “catacumbas siglo XXI”, pretende redescubrirnos a todos el único y verdadero amor. Sus señas de identidad, aunque inaceptables para la mayoría de nosotros, no son otras que nuestra capacidad de ser “contagiosamente” felices….”siendo los últimos de todos y los servidores de todos”!!.