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Libro Reflexiones en la Vejez 2006

Cuando la muerte se hace esperanza

Con el descubrimiento del “mapa” del genoma humano, que por cierto no tengo ni idea de lo que es, al parecer se ha dado un paso de gigante hacia la inmortalidad….”de los multimillonarios del primer mundo”. Los pobres etíopes no necesitaban tanto. Ellos saben bien donde tienen el estómago y, para sobrevivir, solo necesitan llenarlo con un poquito de comida. Algo aparentemente tan sencillo sigue siendo imposible en el postmoderno mundo de las nuevas tecnologías. Dicen que Internet va a ser capaz de “transmitir” aromas. Un esfuercillo más y tal vez acabe …”dando de comer al hambriento”. Entre tanto y en los umbrales de un nuevo Viernes Santo, es inevitable reflexionar sobre el protagonismo cristiano de la muerte. No puede ser algo tan malo si hasta un Dios se auto-condena a ella, situándola en la cumbre del amor y la esperanza.

De momento la gente importante también pasa “por el aro”. Estos días he asistido al funeral de un gran empresario, no mucho mayor que yo, y allí he vuelto a palpar la impotencia de la “tecnología punta”, ante un hecho consumado. Nunca aceptaré que este tránsito haya supuesto su fin. Cuando ni el hambre ni la enfermedad aceleran el proceso, la señora de la guadaña nos espera pacientemente. Convivir con personas que rondan los 90, y se mantienen en plena forma mental, resulta una experiencia muy interesante para quienes, con una generación de diferencia, les vamos siguiendo los pasos. La Filosofía y la Teología tienen la pinta de ser un horizonte sin límites para quienes cabalgamos en la “jubilación”. ¿Cuándo la ley natural nos va acercando a la muerte, tenemos más o menos posibilidades de llegar a entenderla?. Escépticos, “curados de espanto a base de sartenazos”, con las espaldas cargadas de experiencias múltiples, un poco “de vuelta” de cuanto puede ofrecernos la vida material, no parece una tontería el plantearse el futuro, pensando en escudriñar las posibilidades que ofrece la vida espiritual. Seguro que resulta mucho más divertido que anclarse en la nostalgia del pasado si, como sospecho, el espíritu, o si quieres el alma, no envejece jamás. La muerte me parece la asignatura más interesante para la vejez. Permitiría salir, a muchos mayores, de una religiosidad rutinaria, formalista y demasiadas veces hipócrita.

Desde la “atalaya de la cruz” cuaresmal intento entender que la muerte puede hacerse esperanza para un viejo, para un enfermo o para un hambriento. La vida física es algo importantísimo, e insustituible para cada uno de nosotros, en una determinada etapa al menos. ¡Pero no lo es todo, ni mucho menos!. Por eso, precisamente, el pastor es capaz de dar la vida por sus ovejas, la madre o el padre por cualquiera de sus hijos, o el abertzale por su Aberri. El amor desinteresado y generoso, manantial de la solidaridad especialmente presente cuando se da la vida por alguien o por algo, parece consolidarse como el único absoluto capaz de conducirnos hasta la inmortalidad.

De todos modos, no debe de resultar fácil el ser generoso y solidario en la vejez. Los desengaños y las limitaciones físicas suelen amargarnos la existencia, nos hacen egoístas y rebeldes a la dependencia hacia otras personas. Un poco más de humildad y ejercitarse en el amor desinteresado hacia nuestro entorno, bien pudiera resultar el antídoto más eficaz frente a una tristeza, eternamente amenazante. Libera del aburrimiento, dando felicidad y sentido a una vida que, sin él, se convierte en una verdadera “muerte afectiva”. La tentación de aferrarse a la siempre necesaria “bolsa”, suele jugar malas pasadas y su precio suele ser …..“soledad entre la gente”!.