Leía recientemente unas estadísticas sobre la edad media de los sacerdotes de Euskadi, (por encima de los 65 años en cualquiera de nuestras provincias), y la drástica disminución del número de seminaristas. La traducción de la noticia a lenguaje coloquial podría ser: ¡¡Nuestros curas son muy mayores y no hay relevo!!. En clave femenina, refiriéndonos a las monjas, el fenómeno es muy similar. Es evidente que el “género”, también en el aspecto religioso, pierde peso a marchas forzadas en favor de la “persona”.
Junto a este dato, las estadísticas también nos dicen que el número de jubilados y jubiladas aumenta en progresión “geométrica”, y que cada vez están en mejor forma física y mental. Los mayores de 65 años, edad media de los curas, somos muchos y de muy buen ver.
Ante esta doble realidad mi reflexión, en forma de pregunta, es la siguiente: Si la edad no es impedimento para seguir siendo cura, obispo, cardenal o Papa, …….¿por qué entre los cristianos jubilados, muchos con titulaciones y preparación importantes, no surgen vocaciones de servicio sacerdotal?. ¿Por qué la buena gente mayor, (en general con el “riñón bien cubierto por estos lares”), mira hacia otro lado cuando toca leer determinados pasajes evangélicos?. Por ejemplo,…..”si quieres ser perfecto, vende todos tus bienes y reparte su importe entre los necesitados. Cuando hayas terminado con ese trabajito, ven y sígueme”.
Históricamente se ha ligado la sabiduría a la edad, en las múltiples formas de consejos de ancianos, sanedrines, etc.. Con los años aprendemos a separar “el grano de la paja” y creemos tener una mejor preparación y mayor experiencia para rastrear los caminos de la verdad…..”intentando que no nos tomen el pelo”!! Pues bien, ante la invitación, (verdadera carga de profundidad), del Dios cristiano encarnado, ” camino, verdad y vida”, no “picamos” ni por casualidad!!. ¡ O no queremos ser perfectos, o queremos hacer creer a los jóvenes algo en lo que los viejos no creemos!.
Me intriga y apasiona, enormemente, esta última etapa de acercamiento, racional y místico a la vez, hacia ese tránsito humanamente enigmático llamado “muerte”. Yo busco vida después de la muerte. Busco al trocito de Dios que necesariamente ha de estar escondido en algún rincón de mis entrañas, para que yo pueda ser y sentirme inmortal. Curiosamente, cuando consigo encontrarme bien volcándome a mi manera en “el otro”, me acerco a una especie de “éxtasis”,(estado del alma enteramente embargado por un sentimiento de admiración, alegría, etc.). Es como si acariciara la inmortalidad. Desgraciadamente las trabas y condicionamientos sociales, a la hora de materializar estas “elucubraciones fantasiosas”, son infinitas. Nuestra sociedad es adoradora de ídolos y desprecia a los “dioses”.
Yo quisiera que nuestra Iglesia oficial, tan jerárquica, profesional y llena de curas – monjas mayores, refrescara un poco sus ideas en cuanto a la promoción de las vocaciones tardías en ambos sexos. Es absolutamente necesario, para el bien de todos, romper una lanza en favor del aprovechamiento integral del humanismo maduro y equilibrado de gran parte de nuestros “jóvenes” jubilados.