Si algo caracteriza a la tercera edad es el encuentro con el estrechamiento de los “horizontes mundanos”. Un cuerpo cada vez menos vigoroso ensombrece toda fantasía ligada al éxito profesional y al afán de conquista amorosa. Quienes han acumulado un poco de dinero y poder se resignan con más dificultad. A menudo tratan de alargar su agonía a un precio quizá excesivamente caro. No les envidio y prefiero gastar mis escasas energías en la búsqueda de nuevos horizontes. ¿Hacia dónde dirigir los pasos tras haber pateado durante mas 7 décadas entre el mundanal ruido?. Una posibilidad podría ser el intentar progresar en el cultivo de la mente. Por lo general su ritmo de decrepitud suele ser mas lento que el del cuerpo. Es un hecho que nos anima a asomarnos al interior de nosotros mismos, por simple instinto de supervivencia. Se trata de mantener vivo nuestro “yo” más íntimo, por un tiempo añadido. El truco está en la habilidad de cada uno para penetrar sin complejos en el mundo llamémosle del espíritu. ¿Por qué no intentarlo si, a pesar de su intangibilidad, puede que sea tan real como el físico y material?.
Si a la experiencia de la mayoría de personas mayores sin poder político, económico o religioso, le añadimos unas gotas de conocimiento, el producto final suele ser la figura del discrepante contumaz. Y esto ocurre en cualquiera de los ámbitos en los que podamos desarrollar las capacidades que nos van quedando. A los viejos, con mas o menos razón, nos brota el escepticismo y la crítica con bastante facilidad. Cuando están en juego el dinero o el poder se nos suele hacer muy poquito caso. Movernos en el campo de la filosofía del ser, cuando la madre tierra nos atrae cada vez con mas fuerza, puede darnos mas posibilidades de enredar un poco. ¿Por qué no dedicar parte de nuestro tiempo a re-ubicar nuestras creencias, por ejemplo, en función de las experiencias personales y la evolución de nuestro entorno social?.
Los cristianos inmersos en la cultura occidental y empeñados en pensar, a partir de nuestra larga experiencia mundana, no lo tenemos nada fácil. Aunque entendamos mas bien poco del tema, parece que no se pueden pasar por alto las corrientes filosóficas de los siglos XVIII y XIX. El pensamiento de Marx, Freud, Nietzsche, etc. más o menos superado o actualizado, sigue estando presente en los albores del siglo XXI. Gracias a ellos se ha avanzado mucho en el conocimiento racional de la persona humana. ¿Por qué la teología Católica romana oficial no ha querido saber nada de ellos?. ¿Por qué han sido sistemáticamente arrinconados los teólogos mas vanguardistas conscientes de la necesidad de un “aggiornamento”?. ¿Cómo entender el alejamiento de la Jerarquía Católica del pálpito vital del mundo de hoy?. Con este panorama no sorprende que las “ovejas discrepantes” vayamos creciendo en progresión geométrica. Ahora bien, siendo tantos como al parecer somos, además con tan buenas ideas, desconcierta un poco la incapacidad logística de cara a enderezar la situación.
Desde un punto de vista ideológico no parece haber ningún problema. Con unas palabras u otras todos apostamos por la fraternidad y coparticipación universal. Por la igualdad de derechos, para todas las personas, a la hora de asumir responsabilidades a todos los niveles. Por la valoración positiva de la sexualidad. Por el respeto a un mundo multicultural y a unos derechos humanos de los que nadie debe quedar excluido. Por la defensa del medio ambiente. Por el compromiso a trabajar conjuntamente con cuantos luchan por la justicia social, la paz, la libertad y la felicidad para todos los seres humanos. Etc.
Desde un punto de vista puramente logístico, avanzar hacia una alternativa al poderoso catolicismo romano y demás religiones proféticas, parece harina de otro costal. ¿Cómo operar desde una fraternal horizontalidad, con estructuras mínimas que eviten la concentración de poder?. Yo no tengo la respuesta, pero ahora que los tiempos cambian a velocidad de vértigo, quizá alguien la encuentre. Solo puedo decir que sigo viendo en la humanidad del Jesús de Nazaret histórico, a un “discrepante consumado” que merece toda nuestra atención. Tal vez sea autosugestión, pero simplemente con intentar seguirle el rastro siento como si estuviera en compañía de alguien. Así, al no encontrarme nunca solo, me resulta mas fácil no perder la esperanza.