Cuando muere algún amigo o miembro de la familia, al que he tenido ocasión de mirar a los ojos unos pocos días antes, el funeral de despedida es siempre para mi algo más que un doloroso trámite social. Nunca puedo evitar el plantearme la eterna discusión sobre si mi familiar o amigo ha llegado a su “punto final” o si, por el contrario, no ha hecho más que situarse ante un nuevo “punto de partida”.
Mientras contemplaba el féretro me venia a la memoria la comparación que suele hacerse de los “componentes básicos” de la persona humana, con los de cualquier ordenador en servicio. En ambos casos hablamos de tres elementos imprescindibles. El funcionamiento de un ordenador conjuga una máquina, (hard), un programa, (soft) y un alguien que directa o indirectamente lo activa. Nosotros, como personas, disponemos de un cuerpo, (la máquina más perfecta jamás construida), un cerebro/mente procesador de toda la información que le llega a través de los sentidos, (programa), y una “psique” o alma que activa el mecanismo de la vida en cuanto a “consciencia” individual libre, motor de nuestras decisiones personales.
Hasta aquí ningún problema; pero sigamos avanzando. Si mi ordenador se estropea, yo, como principio activador y director del trabajo conjunto a realizar, siendo alguien independiente de la máquina y del programa, podré siempre reiniciar la tarea en otro ordenador, por supuesto con mayor o menor dificultad. Es decir, que “la vida del activador sigue”. Pues bien, es evidente que la “máquina” y el “programa” del difunto se han parado. Su tiempo ha terminado. ¿Pero quién me explica, científicamente, que ha pasado con su alma?. ¿Ha sido atrapada por el tiempo o sigue viviendo libre fuera de él?. Yo tampoco tengo una respuesta para ti, paciente amigo, puesto que lo que yo siento y percibo solo puede servirme a mi mismo. Cuando contemplo un ataúd, no me impresiona lo que queda dentro. Al fin y al cabo todos sabemos lo que es. Lo intrigante es la incontrolable sensación de percibir a alguien que observa , desde el exterior y fuera del tiempo, a todo el cortejo fúnebre. Solo puedo soportar el trauma de cualquier muerte, (unas aparentemente bastante más injustas que otras), gracias al convencimiento íntimo de la inmortalidad del principio activador de la vida y la “consciencia” individual de cada persona