Me gustaría poder hacer una encuesta entre las decenas de miles de inmigrantes latinoamericanos, africanos, asiáticos o europeos del este, la mayoría de ellos luchando día a día por hacerse un hueco en nuestra sociedad opulenta. Me gustaría saber lo que opinan del “conflicto político en Euskal Herria”.
Viendo la “ofuscación” con la que nos enfrentamos a nuestros viejos problemas de “convivencia política”, entre nacionalistas vascos y nacionalistas españoles, me voy a permitir el desempolvar un decálogo del “hombre viejo”, en lenguaje machista, que mas o menos oculto, todos los ciudadanos y ciudadanas del mundo llevamos dentro. Veamos punto por punto algunos indicadores de la “vejez interior” de la persona:
- Renunciar a los propios principios, es decir, a ser uno mismo, a cambio de tener dinero y poder.
- Juzgar constantemente a los demás, de una forma despectiva.
- No saber aprovechar las inmensas posibilidades que ofrece el presente, por vivir obsesionado y pendiente de un futuro siempre difícil de controlar.
- No disfrutar del propio trabajo, precisamente, por ser incapaz de sentir la alegría que proporciona el servicio a los demás.
- Simultanear la falta de iniciativa y el miedo al riesgo, con una envidia patológica por los éxitos ajenos.
- No saber perdonar al que yerra, precisamente, por confundir interesadamente a las personas con sus obras.
- Fijarse obsesivamente en el “superior” y olvidarse del “inferior” al que vas dejando atrás.
- Ser capaz de mentir, adular y callar ante la injusticia.
- Desconocer el valor de la perseverancia.
- Tener miedo a asomarse al misterio de la propia vida interior.
A la vista de este decálogo no puedo evitar una pregunta. ¿No será la causa de todos nuestros problemas políticos, la “vejez interior” de la ruidosa minoría de españoles y vascos que no desean una “convivencia sostenible” en Euskadi?. La respuesta la dejo en el aire. De todos modos, me vienen a la memoria una serie de nombres propios de “hombres viejos” de la política española y vasca, que me los voy a callar para no caer en el “pecado” señalado en el punto segundo.