Al parecer va a tener lugar una Asamblea de autoridades religiosas católicas (Sínodo), allá por Octubre/2012. Hace unos días Le Monde ofrecía un breve reseña del borrador o documento preparatorio de este evento, elaborado a partir de comentarios de obispos católicos de todo el mundo. ¿Un rayito de esperanza para quienes nos interesamos por la temática relacionada con la deriva actual de la Iglesia mas jerárquica?. Diría que sí, por una sencilla razón. El texto propone tratar, en las alturas vaticanas, cosas bien conocidas a nivel de calle. Se pone de manifiesto, por ejemplo, la apostasía silenciosa de un número cada vez mayor de fieles, alejados de la práctica religiosa. Naturalmente esto está generando una cierta alarma y obliga a los jerarcas a enfrentarse a una cruda realidad.
Sin duda, tal como se reconoce en el citado documento, estamos inmersos en una serie de transformaciones sociales y culturales muy importantes. En estas circunstancias, tanto la percepción que la persona tiene de si misma y del mundo, como su forma de creer en Dios, cambian profundamente. La gente ha espabilado mucho y esto hace que la retórica de los sermones tradicionales, si no se practica lo que se predica, no cuela. La nueva evangelización ha de pasar, ante todo y sobre todo, por la ejemplaridad de las conductas de todos los cristianos, desde el Papa hasta el último monaguillo. Imposible no mencionar el flaco servicio a la causa de casos tan recientes como el del juez meapilas y el obispo enamorado.
También se señala que para hacer inteligible el mensaje de la Iglesia Católica serían precisas un par de cositas. En primer lugar, no obsesionarse con pajitas en ojos ajenos tales como: consumismo, hedonismo, relativismo, nihilismo cultural, fervor idólatra hacia la ciencia y la tecnología, etc.. A continuación, fijarse mucho mas en las vigas de los ojos propios: burocratización de las estructuras eclesiásticas, formalismo exasperante en las celebraciones litúrgicas, ritos horriblemente rutinarios, la paradoja de una iglesia de los pobres que, con IBI o sin IBI, carga sobre sus espaldas con un inmenso patrimonio, etc.. Una vez aceptado esto, con humildad, los debates y reflexiones de los obispos habrían de centrarse en dar una respuesta adecuada y convincente a los desafíos económicos, políticos y religiosos del momento. Por esa vía podría irse recuperando a muchos de los “apostatas silenciosos”, a quienes sigue cautivándoles la figura humana de Nazareno. Mientras la Iglesia siga conformándose con administrar la fe pasiva o tibia de un pequeño grupo de fieles, aferrados a la tradición, difícilmente podrá acercarse al final del túnel.
Termino con una interrogante que me deja un poco perplejo. ¿Si muchos tenemos la impresión de estar ante un problema bien conocido, por qué no hay forma de arreglarlo?. Es muy cómodo dejar en manos de Dios la superación de las dificultades en la transmisión del mensaje evangélico, pero esto no es tener fe. Yo le llamaría, mas bien, hacer trampa.