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Una semana mas mundana II

En esta todavía reciente santa semana de vacaciones, diría que el mundo de nuestra penas y alegrías cotidianas arrinconó, en nuestro Bilbao al menos, al mundo visible y folclórico de la fe católica. La angustia de la crisis económico-financiera y los éxitos en diversos acontecimientos deportivos se llevaron gran parte del protagonismo reservado, en tan señalados días y hace no tantos años, al fervor religioso. Es un efecto que tendrá su causa, pero paso de entrar en semejante jardín. Cada Semana Santa, aceptando mis limitaciones para circular sin guía por el laberinto de la fe cristiana, intento acercarme un poco al enigma de amor-debilidad-sacrificio-felicidad que, veinte siglos después, sigue siendo para mi el hombre de Nazaret. Y trato de hacerlo como uno mas de los siete mil millones de terrícolas que, con mas o menos suerte, pululamos por el planeta. Por supuesto, sin lanzar piedras contra nadie y tratando de esforzarme en practicar un poquito mas y mejor lo que predico.

Pues bien, desde mi humilde atalaya, me sorprendo al constatar que el tal enigma es enormemente humano. Se hace presente, por ejemplo, en cualquier rincón en el que un padre o una madre se encuentran con una criatura entre sus brazos. El amor hacia tan indefensa personita cambia sus vidas. Les hace débiles ante la responsabilidad adquirida y esclavos de las exigencias propias del diminuto ser incapaz de sobrevivir por su cuenta. Lo llamativo es que, en su propio sacrificio, ambos llegan encontrar una felicidad íntima e inigualable. Real como la vida misma, el fenómeno suele hacerse mas visible en la mujer y para cualquier observador externo siempre tiene su misterio.

Pensando en estas cosas, se me hace mucho más fácil creer que Jesús de Nazaret es uno de los nuestros. Un auténtico hermano universal cuya trayectoria vital, en este nuestro mundo, tendríamos que intentar conocer con el máximo rigor histórico. No parece ser esta la prioridad de la Iglesia Católica. Sus querencias van mas bien por la pasión, muerte y resurrección del Nazareno, nunca suficientemente explicadas, pero que han servido de base para la creación teológica del Cristo de la Fe. A partir de esta mística mucho mas excluyente, Jesucristo empieza a ser mucho mas verdadero Dios y mucho menos verdadero hombre. ¿Qué ocurre?. Que a los pobres mortales se nos va de las manos. ¿Cuantos somos capaces de acercarnos a misterios como el de la Santísima Trinidad?. Así ocurre que dueñas de su propia libertad y capacidad de pensar, la inmensa mayoría de las personas acaban buscándose la vida como pueden. ¿Que pueden esperar de unas jerarquías que nada tienen de débiles y se dedican, entre otras cosas, a imponer sacrificios a los demás?. Quizá no poca confusión y bastante mal ejemplo. No puede sorprendernos que, en nuestro particular recorrido hacia la felicidad confundamos el camino, aferrándonos a cualquier forma de poder y tratando de escapar de todo lo que huela a sacrificio.

Así que me quedo con lo poco que sé del Jesús histórico, a falta de una alternativa mejor. A él si que puedo sentirle como un auténtico hermano y eso me permite aspirar a todo. ¿Acaso por mis venas no puede llegar a correr el mismo flujo vital de un amor siempre dispuesto a ser libremente compartido?. Un hombre como este, capaz de enfrentarse solo con la armadura de su amor, a jerarquías idolatradas y crecidas en su soberbia, resulta siempre atractivo. Y eso a pesar de que acabó colgado en una cruz. Afortunadamente, según parece la historia no acabó allí. El hecho que a estas alturas sigamos admirándole y tratando de seguir su ejemplo, sugiere algún otro tipo de omnipotencia distinta a la de los poderes que nos agobian.. Perdió una batalla pero su mensaje, a la vez humano e inmortal, parece estar ganando la guerra..¿No es precisamente el misterio de la acción de un amor solidario y sin fronteras, al servicio de los mas necesitados, el que está impidiendo que la Humanidad estalle por sus cuatro costados?. Con este Jesús puedo llegar a sentirme interiormente libre por algo al alcance de todo el mundo. Me permite participar en la magia feliz de la cadena amorosa formada por unos eslabones tan humanos como el dar, el recibir y el devolver. ¿Hay alguien en el mundo que no se sienta lo suficientemente libre como para decidir ser o no ser solidario?. ¿Quien no tiene a su lado un prójimo, material o moralmente menesteroso, necesitado de su compasión?. A este amor compartido, tan cercano para cada uno de nosotros, cuesta menos considerarle un Dios universal.

Inevitablemente surge una pregunta: ¿Si es tan cercano, por qué no resuelve de una vez todos los problemas de la humanidad?. Lo que ocurre es que los resuelve a su manera. Su omnipotencia solo puede ser de amor, porque no puede caer en la tentación de no respetar la sagrada libertad de cada persona. Y ahí está la grandeza y miseria de nuestra propia libertad. Cuando hace que nos creamos pequeños dioses omnipotentes, acaba convirtiéndose en la mayor responsable de nuestras desgracias y no hay dios imaginario capaz de acabar con ellas.