Categorías
Sociología

Alimentando la indignación

También en Bilbao, a pesar de un Athletic europeo que nos permite soñar con la gabarra, se percibe cierto malestar por el deterioro de la situación política, económica y social. La reciente huelga general, muy seguida en el conjunto de Euskal Herria, parece un claro botón de muestra. A mis años, habiendo experimentado unas cuantas veces que mas vale un mal arreglo que un buen pleito, confieso mi distanciamiento de aventuras arriesgadas. Ahora bien, cuando el poder político y el del capital se emborrachan de prepotencia, llega un momento en el que la propia dignidad de persona te obliga a contraatacar, aunque lleves las de perder.

Lo preocupante es que, aun teniendo en cuenta la derechización europea, cuestan entender los comportamientos políticos de la buena gente, en el conjunto del Estado español. Con una estructura social como la actual, deja el poder en manos de un núcleo importante de ricachones, mas o menos nuevos, dispuestos a mantener sus privilegios a cualquier precio. Es como si nos hubiéramos dejado embaucar por ese instrumento tan característico del neoliberalismo: la doctrina de la “desigualdad necesaria”. Su esquema es claro. Para generar riqueza es necesario el ahorro. Si hay ahorro habrá inversión, si hay inversión habrá producción y ésta generará empleo ¿Quiénes pueden ahorrar?. Los ricos. En este sentido, siempre será conveniente favorecer fiscalmente a la gente adinerada, bajándole los impuestos o regalándole periódicas amnistías. Y ahí estamos, pasando por alto que la realidad empresarial es muy otra. El empresario no invierte por el mero hecho de que le ofrezcan ahorro en forma de capital o de crédito. Lo hará cuando la demanda y las oportunidades de negocio sean positivas. Con estas premisas bien amarradas, nunca le faltará el dinero necesario.

Así que de desigualdad de necesaria, nada de nada. Muy al contrario, acaba siendo una auténtica bomba de relojería, al convertirse en el principal alimento de la indignación popular. Y esto es lo que está ocurriendo ahora mismo. Las noticias vuelan y las redes, (Internet y Cia), nos abren los ojos, por ejemplo, ante el escándalo de las maniobras y sueldos millonarios de determinadas elites empresariales, financieras, políticas, deportivas, etc. La opacidad tradicional es cada vez mas transparente y ya no protege ni a la monarquía. Para contrarrestar este fenómeno no basta con la feroz propaganda de un neoliberalismo que quiere hacernos creer en la magia de determinadas palabrejas. El bienestar material eterno nos lo iban a proporcionar la desregulación, la liberalización, la privatización, la deslocalización, la tecnocracia, etc.. Pues no señor, ahora resulta que no sirven para sacar de apuros, al menos, a la gente común y corriente necesitada de hechos mas que de palabras. La sensación bastante generalizada es de estar yendo hacia un abismo. Si no reaccionamos a tiempo acabaremos siendo devorados por monstruos como el paro, la deuda pública, el déficit público, la prima de riesgo, etc.. Hay que ver cuantas palabras hemos de aprender para no enterarnos de casi nada.

El panorama no deja de ser desolador, insolidario y devastador, pero como de otras circunstancias peores ya hemos sabido salir, no perdamos la esperanza. Necesitamos mucha mas solidaridad y no tanta desigualdad. Se trata de trabajar unidos para ir forzando un cambio en los ámbitos político, económico y social. He leído por ahi algo sobre la “destrucción creativa”, en la teoría económica de Schumpeter y no acaba de gustarme la idea. Suena a “mas de lo mismo”, para favorecer a grandes multinacionales y a la industria armamentística. Me inclino mas bien hacia “lo pequeño es hermoso” de Schumacher. Que la indignación nos haga volcarnos un poquito mas hacia lo pequeño y local, sin obsesionarnos con lo grande y globalizado. Lo agradecerían muchas personas que luchan denodadamente para salir adelante, incluso en nuestro entorno mas próximo.