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Libro Reflexiones en la Vejez 2006

Ser mayor en el siglo XXI

A menudo los mayores deambulamos sin rumbo fijo, no sabiendo cómo hacer valer nuestra experiencia y conocimiento. Entiendo un poco lo que pasa en un mundo empresarial terriblemente competitivo. Las personas están allí al servicio de unos objetivos concretos, bajo la dictadura del poder económico. Como podéis imaginar, la capacidad crítica o falta de docilidad de quienes deben de obedecer está mal vista. En el mundo de la política, cada vez más ligado al anterior, ocurre algo parecido. El poder manda y quien se mueve “no sale en la foto”. El último reducto asequible para quienes no nos resignamos a vegetar sería el mundo eclesial. Viendo a la curia cardenalicia tan peripuesta y activa a edades que podrían ser la envidia del mismísimo Matusalen, uno acaba recuperando la esperanza. ¡A olvidarse de las matemáticas, la física, la economía o el derecho, para volcarse en la filosofía y la teología!. El cambio puede garantizarnos 20 añitos más inmersos en maravillosos horizontes lejanos,…manejando rentabilidades del ciento por uno!!.

En teoría todo es muy bonito, aunque en la práctica no tanto. Acercarse al mundo eclesial no es fácil para un hombre de pensamiento libre y los viejos lo somos. Nuestra relativa libertad frente a cualquier tipo de poder nos permite ser críticos. Lamentablemente, la imagen actual de nuestra Iglesia nos lo pone fácil. No resiste el más mínimo análisis comparativo con el núcleo más creíble del evangelio. Otra de nuestras características, me refiero siempre a los mayores, es la posibilidad de acercarnos al concepto de igualdad con una mentalidad nueva. Dejar de ser imprescindibles, el declive de nuestro cuerpo, la percepción de la muerte como una realidad cada vez más cercana, etc. anulan gran parte de nuestras diferencias personales. Por añadidura, nuestra escasa capacidad de consumo hace irrelevante el aspecto económico de la cuestión. Así, siendo más libres e iguales que en etapas anteriores de la vida, estamos a un paso de un posible hermanamiento. Una auténtica comunidad fraternal entre nosotros deja de ser una utopía. Libertad, igualdad y fraternidad. Magnífico lema para aglutinar el potencial desaprovechado en gente con conocimiento y experiencia, más generosa de lo que pudiéramos imaginar.

Curiosamente, algo en apariencia tan positivo infunde miedo. Volvamos a nuestra Iglesia. A un colectivo como el nuestro normalmente se le frena en seco con una afirmación tan contundente como la siguiente: “La comunión eclesial es unidad en la fe, obediencia al Papa, a la doctrina de la Iglesia y al obispo”. ¿No suena demasiado fuerte?. Tanta obediencia ciega solo cabe ante la voluntad de Dios y esta ningún mortal debe de atribuírsela por decreto. ¿No sería mucho más evangélico un concepto de comunión acorde a nuestra sensibilidad actual de creyentes en el Pueblo de Dios?. Benedicto XVI tendría que reunirse más a menudo con nosotros, dejando tranquila a una juventud en fase de maduración.

Y no es que falten en nuestras iglesias mayores de fe segura e inconmovible. ¿Pero en que creen realmente quienes aspiran como máximo al título de sacristán?. Poco más que en rituales, tradiciones, grandes ceremonias, profecías y milagros. En el Jesús vivo, inquietante y sorprendente que nos sale al encuentro y nos obliga a posicionarnos con él o contra él, creen mas bien poco. La verdad es que ante una interpelación tan personal como esta lo cómodo es jugar al avestruz. Mucho más si eres consciente de la imposibilidad de liberarte de tu propia responsabilidad a la hora de decir si o no. Aquí no hay pruebas de certeza matemática que nos guíen hasta la buena decisión. Hemos de movernos sobre una especie de arenas movedizas a las que llamaríamos “confianza razonable”. ¿Es posible confiar en Alguien en un mundo en el que constantemente estas viendo angustia y dolor, odio y barbarie, miseria, hambre, opresión y guerra?. Seguro que hay muchas respuestas negativas, sobre todo entre los mayores. Las que me desconciertan son, sin embargo, las afirmativas. Innumerables personas han dicho si y permanecen abrazadas al Jesús histórico que les salió al encuentro en medio de las tinieblas. Creen en Su poder por encima de todos estos poderes que nos amargan la existencia, sintiéndose libres y con fuerza para enfrentarse al miedo y a la mismísima muerte.